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Flor de asfalto

Flor de asfalto

Hace unos meses, nuestra estimada colega de la Universitat de Barcelona, María Virginia Matulič-Domandzič, nos propuso a Laura Haro Pérez, compañera del Área de Inclusión del Ayuntamiento de Lleida, y a mí, participar en una aventura liderada por Fran Calvo, con el apoyo de la Asociación Científica sobre Sinhogarismo desde la Perspectiva de Género. Sin duda alguna, una narrativa sobre sinhogarismo femenino era muy necesaria en el ámbito, y no hace falta decir que nos entusiasmamos desde el minuto cero con el proyecto. Y escribir un capítulo de la mano de María Virginia ha sido una nueva oportunidad de aprender y crecer, porque su trayectoria ha abierto puertas que hoy podemos cruzar juntas. Un placer y un profundo agradecimiento.

Flores de asfalto. Buenas prácticas en el abordaje del sinhogarismo femenino es una obra coral e imprescindible para comprender una de las dimensiones más invisibilizadas de la exclusión social: el sinhogarismo en clave de género.

Lo podéis leer y descargar en abierto (¡¡FREE!!) aquí: versión en castellano:

https://www.documentauniversitaria.media/omp/index.php/horitzo/catalog/book/354 y en catalán —aunque hay un error pendiente de subsanar en el título de nuestro capítulo— https://www.documentauniversitaria.media/omp/index.php/horitzo/catalog/book/355

Este libro no solo combina teoría, mirada transfeminista y casos reales, sino que se atreve a hacer algo poco habitual: poner nombre a las violencias estructurales que atraviesan las vidas de miles de mujeres, desde el banco frío de la calle hasta las oficinas de los servicios sociales. Y es así, con todas las letras: la falta de hogar no es ningún accidente, ni una mala racha personal, ni esa moralina barata que tanto gusta a según quién cuando dice “se lo ha buscado ella sola”. No. La falta de hogar es el resultado de un sistema que sabe perfectamente qué mujeres quiere expulsar —y lo hace— según de dónde vienes, qué has vivido, qué desigualdades acumulas o en qué márgenes te han obligado a vivir.

En Trabajo sexual, empleabilidad y exclusión residencial, vemos cómo migración, identidad trans y prostitución forman un triángulo imposible que empuja directamente a la calle; y en Trans-itando la calle y la vida, descubrimos que un recurso especializado puede sostener mucho más que según qué políticas. En Construyendo redes colectivas, las mujeres crean cuidados cuando las instituciones no llegan, mientras que en Voces en el silencio entendemos que el trauma juega a esconderse en historias nunca explicadas. Entre dos aguas muestra que migrar rompe mucho más que la geografía, y Joven, extutelada pero con hogar recuerda que, cuando la tutela termina, la exclusión suele continuar.

En Psicosis, oración y sinhogarismo, la salud mental aparece como una herida viva, y La experiencia de habitar un hostel nos advierte que no todo lo que tiene techo es casa. Transformaciones sociales y maternidad revela que ser madre puede ser sostenimiento o abismo, y en Fragilidades invisibles el consumo se mira desde la humanidad y no desde el juicio. La casa que nunca llega denuncia el estigma que persigue a las mujeres pobres, y La creación de prácticas que se adaptan a nuevas realidades abre ventanas para imaginar otras formas de acompañar.

En Las barreras institucionales, las propias estructuras pueden hacer daño, y Trabajar con adolescentes en situación de calle muestra la cara joven y olvidada del sinhogarismo. De la exclusión residencial a la integración comunitaria apuesta por la comunidad como espacio de dignidad, mientras Sinhogarismo con perspectiva de infancia arroja luz sobre los niños que habitan escenarios donde nunca deberían haber estado.

Finalmente, El mundo a través de los ojos de Elena, lo hemos podido dejar como último latido de la obra: la discapacidad intelectual que no solo invisibiliza, sino que multiplica las violencias. Pero también, cuando hay mirada feminista y ética, puede abrir caminos de acompañamiento que parecían impensables.

Cuando escribimos este capítulo, no queríamos sumar una historia más al volumen, ni convertir a Elena en un caso ilustrativo. Lo que pretendíamos era romper la superficie, cuestionar el relato oficial del sinhogarismo y mostrar que hay mujeres que desaparecen dos veces: primero del derecho a una vivienda digna y luego del relato social. Entre todas ellas, Elena encarna esta doble invisibilidad que tanto cuesta mirar.

La Lleida oculta: cuando la discapacidad duerme en la calle. Esta frase nos salió casi de un resoplido, quizás porque necesitábamos decirlo sin filtros. Cuando la discapacidad intelectual se cruza con el género, la pobreza extrema y la exclusión residencial, el resultado no es solo una vida más frágil: es una suma de violencias que a menudo pasan desapercibidas porque nadie las ha querido ver.

Queríamos cuestionar el capacitismo que se esconde detrás de muchos discursos de protección: aquellos que deciden “lo mejor para ella” sin preguntarle nada, que convierten la tutela en control, el cuidado en infantilización y el acompañamiento en otra forma de silencio. En vez de eso, queríamos presentar a Elena como una mujer en toda la complejidad del término: con historia, con cuerpo, con deseo, con dolor y con un recorrido vital que ninguna etiqueta puede abarcar.

También sentíamos la necesidad de interpelar, de poner en voz alta preguntas que incomodan: ¿qué entendemos por autonomía en una mujer con discapacidad? ¿Quién decide qué necesita? ¿En nombre de qué protección justificamos la negación de derechos? ¿Y cuántas formas de violencia se ejercen desde las mismas estructuras que deberían garantizar seguridad?

Que este capítulo cierre el libro no es casual: es un gesto consciente y querido. Una manera de decir que el sinhogarismo femenino no tiene una sola cara, y que las más invisibilizadas son, también, las que exigen más valentía para ser miradas, aunque estén al final. Porque, si no somos capaces de poner nombre a lo que pasa cuando la discapacidad queda literalmente a la intemperie, seguiremos hablando del sinhogarismo sin entender sus dimensiones aún más duras y silenciosas.

Si algo hemos querido transmitir es que detrás de un diagnóstico hay una vida, y detrás de una vida hay un derecho. Y que, mientras sigamos dejando a las Elenas del mundo en la sombra, nuestro discurso sobre derechos, feminismo e inclusión solo será una bonita teoría con demasiados agujeros.

Al final, Flores de asfalto no solo nos habla del sinhogarismo femenino, sino de todas aquellas formas de resistencia que las mujeres han tenido que inventar cuando el sistema les ha cerrado todas las puertas. Leerlo es acercarse a una realidad que a menudo intentan maquillar, pero también es abrir ventanas a nuevas maneras de acompañar, cuidar y transformar.

Al final, hemos sido cerca de cincuenta profesionales quienes hemos decidido aportar miradas, experiencias y saberes para que esta realidad deje de quedar arrinconada en los márgenes y se convierta, por fin, en una lucha compartida. Y sí, seguimos creyendo que poner nombre a las violencias es una manera de empezar a derrotarlas. Quizás por eso todas juntas nos hemos unido para escribir este libro: porque, mientras sigan habiendo mujeres durmiendo a la intemperie, aún nos quedará mucho por decir… y aún más por hacer.

Hecho conSoSs.